La leyenda de Mahaduta

(Jataka)

14) Un pensamiento egoísta
rompió el hilo de la araña

–No desesperes –contestó Panthaka–. Y no infravalores el poder del arrepentimiento y la reforma. Recuerda que un único pensamiento sincero de arrepentimiento puede borrar diez mil eones llenos de maldades.

Por ejemplo, ¿has oído hablar del gran ladrón Kandata, que murió sin arrepentirse y cayó a los Infiernos Ininterrumpidos? Después de haber sufrido allí durante varios eones, el Buda Sakyamuni apareció en el mundo y obtuvo la iluminación bajo el árbol de Bodhi. Los rayos de luz que en ese momento salieron de entre sus cejas penetraron en los infiernos e inspiraron a los seres que allí sufrían a tener esperanza y a buscar una nueva vida. Mirando hacia arriba, Kandata vio al Buda meditando bajo el árbol de Bodhi y exclamó:

–¡Sálvame, sálvame, Tú, Honrado por el Mundo! Yo estoy sufriendo aquí por todas las maldades que he cometido, ¡y no puedo salir! ¡Ayúdame a andar el Camino que tú has caminado, Honrado por el Mundo!

Buda miró hacia abajo y vio a Kandata.

–Te guiaré en tu liberación –dijo al ladrón–, pero debe ser mediante el uso de tu propio buen karma. ¿Qué cosas buenas hiciste, Kandata, cuando estabas en el mundo de los hombres?

Kandata permaneció en silencio, pues había sido un hombre muy cruel. Pero el Honrado por el Mundo, con su ojo de Buda, miró en el pasado de Kandata y vio que una vez, cuando iba caminando por un sendero en el bosque, evitó pisar una araña y pensó: “La araña no ha herido a nadie, ¿por qué habría de aplastarla?” Al ver esto, el Buda envió una araña para que tejiese un hilo muy fino que bajase a los Infiernos Ininterrumpidos.

–Sujétate al hilo –dijo la araña–. ¡Y date prisa en subir!

Kandata se apresuró a coger el hilo y empezó a subir. El hilo aguantaba bien. Subía rápido, cada vez más alto. De repente notó que el hilo temblaba, como si un nuevo peso hubiese sido añadido. Kandata miró hacia abajo y vio que otros seres de los infiernos habían empezado a trepar también por el hilo. El hilo se estiraba cada vez más, pero sin romperse. Más y más seres del infierno se aferraban al hilo. Kandata ya no miraba a Buda, en su lugar, lleno de miedo, miraba a los otros seres del infierno que subían por debajo de él. Paró de subir. “¿Cómo puede este hilo soportar el peso de todos?”, pensó.

–¡El hilo es mío! –gritó hacia abajo–. ¡Soltadlo! ¡Soltadlo! ¡Es mío!

Inmediatamente el hilo se rompió y Kandata y el resto cayeron otra vez a los infiernos.

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