La leyenda de Mahaduta

(Jataka)

15) Tras arrepentirse sinceramente,
Mahaduta murió en paz

–El arrepentimiento de Kandata no fue sincero –dijo Panthaka a Mahaduta–. No se reformó. El hilo de araña hubiese aguantado, porque un pensamiento generoso tiene la fuerza suficiente para salvar la vida a miles. Pero Kandata rompió el hilo. Él todavía se aferraba a la ilusión de su ego, y sus malos hábitos eran muy fuertes. No estaba dispuesto a ayudar a nadie más. Incluso el Honrado por el Mundo no lo pudo salvar.

–Déjame pensar a ver si puedo encontrar un hilo que me ayude a mí –dijo Mahaduta llorando–. Si hay algo bueno que pueda hacer, no me lo guardaré para mí.

Los dos hombres permanecieron en silencio durante un rato. Mientras, Panthaka lavó las heridas de Mahaduta. El jefe de los ladrones respiraba ahora más tranquilo. Al final dijo:
–Hay una cosa buena que hice una vez, si se puede llamar bueno a parar de hacer algo malo.
–Sí que se puede –dijo Panthaka.
–Sí, hay una cosa buena que todavía puedo hacer. ¿Conoces por casualidad a Pandú, el rico joyero de Kaushambi?
–Soy de Kaushambi y lo conozco bien –dijo Panthaka–. Aunque él ya no es rico.
–¿No? Siento oír eso. ¡Qué raro! Debería estar contento, pues él fue quien me enseñó a ser rudo y a maltratar a la gente. Cuando era un esclavo joven, él me envió a aprender a pelear con un luchador, para así poder ser su guardaespaldas. Siempre que abusaba de alguien, él me recompensaba. Su corazón era duro como una roca. Una vez hizo que me apalearan, y fue entonces cuando escapé a las montañas. Pero me han dicho que ha cambiado, y que ahora se le conoce en todos los sitios por su amabilidad y benevolencia. Es algo difícil de imaginar. ¿Es eso cierto Maestro de Dharma?.

–Sí, es cierto –dijo Panthaka–. El poder del arrepentimiento sincero es realmente inconcebible, y nunca deja de sorprenderme.

–Muchas veces planeé vengarme de ese hombre –Mahaduta continuó–. Lo iba a torturar del mismo modo que él me torturó a mí. Cuando finalmente cayó en mis manos, al ver su cara, yaciendo indefenso en la carretera, apretando sus joyas contra su pecho, resignado a morir, no lo pude hacer, Maestro de Dharma. Sentí como si fuese a torturar a mi propio hermano.

–Todos los hombres son hermanos –dijo Panthaka–. Cada hombre ha sido tu padre en una vida pasada y cada mujer tu madre. Y con este hombre, tu tienes afinidades especialmente fuertes, para bien y para mal.

Mahaduta asintió:
–Debe ser así. Ese día lo despojé de sus joyas y su oro pero dejé que él y sus hombres se fueran. El oro se lo di a mis secuaces para que no protestasen por dejarlos escapar vivos. Pero sus joyas todavía las tengo escondidas en una grieta en mi cueva. Por alguna razón no he podido deshacerme de ellas. No era sólo cuestión de que una corona como esa es difícil de vender. Sentí que tenía que guardarla para algo. No sabía para qué. Ahora me alegro de haberlo hecho.

Mahaduta paró un momento y se giró hacia Panthaka:
–Concédame un último favor, Maestro del Dharma. Mi cueva está tras un cedro muy alto que hay junto al riachuelo media milla por encima de nosotros. Podrá ver la parte más alta del cedro desde el camino. La corona de Pandú y sus joyas están en una ranura vertical justo a la izquierda de la entrada. En la ranura, vaya recto y después hacia arriba y a la derecha. ¿Puede recordarlo?

–Sí –contestó Panthaka.

Mahaduta continuó:

–Pero no vaya solo. Dígale a Pandú que reclute treinta hombres armados. Mis hombres son pocos y sin mí carecen de coraje. Pandú podría vencerlos fácilmente. Dígale a Pandú que lo siento, y que deseo que recupere todas sus riquezas de nuevo. Deseo para todos los hombres riqueza y felicidad, toda la riqueza y felicidad que les he robado. Si vivo, o en mi próxima vida, hago el voto de ser como Usted, Venerable Maestro del Dharma, y servir de ayuda a los hombres atrapados en la red de sufrimiento que ellos mismos han creado con sus estúpidas acciones.

Exhausto, Mahaduta se reclinó. Ya no sentía ningún dolor en sus heridas, pero su vida se extinguía. De repente, una gran sonrisa apareció en su cara. Levantó su mano apuntando hacia arriba y exclamó:

–¡Mire! El Buda está allí en su asiento, a punto de entrar en el Nirvana. Sus discípulos, los grandes Arhates, están junto a Él ¡Mire! ¡Me está sonriendo!

La cara de Mahaduta brillaba de felicidad.

–¡Qué bendición más maravillosa que Él viniese al mundo!

–Sí, fue una bendición– dijo Panthaka–. Apareció en el mundo debido a su compasión hacia todos los seres vivos, para instruirnos en lo más importante: el problema de la vida y la muerte. Nos enseñó a despertar al sufrimiento de este mundo, y nos enseñó que el deseo egoísta es la fuente de todas las penalidades. Nos enseñó el Camino Correcto para poner fin a nuestro sufrimiento. Nos enseñó moralidad, concentración y sabiduría para eliminar nuestra codicia, enfado e ignorancia. Él mismo, a través de muchas vidas de cultivación y renunciación, puso fin a sus propios deseos, y con amabilidad, compasión, alegría y generosidad se ofreció a nosotros como ejemplo. Si todos los hombres y mujeres pudiesen tomar refugio con Él, este mundo no sería el sitio pobre y peligroso que es ahora.

Mahaduta asintió. Bebió de las palabras del monje como un hombre sediento a quien se le ofrece agua fresca. Intentó hablar pero no podía continuar. Panthaka comprendió lo que quería y le administró los Tres Refugios, para que él también pudiese ser un discípulo de la Triple Joya. Panthaka le repitió los Cuatro Grandes Votos del Bodisattva:

Los seres vivos son innumerables; yo hago el voto de salvarlos a todos.
Las aflicciones son inacabables; yo hago el voto de extinguirlas todas.
Las Puertas al Dharma son incontables; yo hago el voto de penetrarlas todas.
El Camino a Buda es insuperable; yo hago el voto de completarlo.

También repitió tres veces el verso de arrepentimiento del Bodisattva:

De todas las maldades que he cometido en el pasado,
Causadas por codicia, odio y estupidez sin límites,
Y producidas con el cuerpo, la boca y la mente,
Yo ahora me arrepiento y reformo.

Y el siguiente verso:

Las ofensas surgidas de la mente serán arrepentidas en la mente.
Cuando la mente se extingue, las ofensas se desvanecen.
Con la mente desvanecida y las ofensas extinguidas, ambas vacías.
A esto se le llama el verdadero arrepentimiento y reforma.

Cuando Panthaka estaba recitando, Mahaduta exhaló por última vez. Murió con una sonrisa en su rostro.

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